La tarde del sábado

Mucho tiempo pensé que la ciudad de México era sólo aparentemente vieja. La mayor parte se construyó en los últimos setenta años. Su desorden, su ímpetu, sus inconsistencias son la energía de una aparición imprevista, un chispazo que no ha terminado. Hoy estamos todavía adentro. La ciudad sigue creciendo, aunque más despacio, y quizá en estos años nos toque ver el final de esa explosión, cuando la población irremediablemente envejezca y el vigor expansivo se canse, mire hacia atrás y se descubra ya sin tanto futuro, en un pasmo, en un respiro, el primero en mucho rato, que será un vacío raro.

Desde que vivo en el centro, no lejos de la plaza de Santo Domingo, descubrí otra ciudad, una que sí es vieja de verdad, quizá demasiado vieja, una que seguramente ha visto peores disminuciones. La caída de al menos dos imperios, y muchos más gobiernos, y de algún modo ahí sigue. Y ahora, cuando me descubro pensando en todo lo que pasa en el tiempo, me consuela ver tanta soledad en cada edificio: de los años que han pasado, de la distancia que irremediablemente los separa de quienes los soñaron y alguna vez vivieron en ellos.

Ahí está ya, de una manera que no entiendo, mi sombra, como un parpadeo eternizado en un instante que yo ya no estaré aquí para ver.